Lo que voy a contar no es muy divertido, pero me hizo pensar y me gustaría compartir lo que sucedió. Ocurrió después de una visita a la ciudad de Assisi, en Italia. No soy muy religioso ni mucho menos católico, pero la historia de algunos santos y religiones me atraen mucho. Así que, estando en Italia, me propuse ir a visitar Assisi e intentar comprender un poco de la vida de "San Francesco di Assisi". La época tampoco era la mejor, pues era invierno en el hemisferio norte. Hizo frío y llovió durante casi todo el fin de semana en el cual pude programar mi viaje.
La estación de trenes de Assisi está fuera de la parte histórica de la ciudad y un poco lejos de todos los puntos turísticos relacionados a la vida de San Francisco, pero existe una iglesia, la de Santa Maria degli Angeli, muy grande, que fue construida sobre una capilla donde San Francisco y sus "hermanos" franciscanos utilizaban como retiro espiritual. (Necesito confirmar bien esta historia). Eso me ha dejado muy triste, pues toda la espiritualidad y simplicidad de los franciscanos está actualmente escondida dentro, casi bajo, de esta majestosa iglesia católica. Mi plan fue conocer la ciudad histórica, incluyendo las iglesias de San Francesco y Santa Chiara, dos ermitas fuera de la ciudad, una a aproximadamente sólo un quilómetro del centro histórico y otra a aproximadamente cuatro (trayecto que hice caminando bajo lluvia, frío, hambre, soledad y cansado por una subida interminable), y finalmente pasar por la iglesia cerca de la estación antes de tomar el tren hacia Roma.
A la puerta de Santa Maria degli Angeli estaba un indigente pidiendo limosnas. Quería uno o dos euros de cualquier manera. Yo no le quería dar ni siquiera un euro y así que no me detuve. Seguí caminando hacia la estación diciéndole, siempre que él volvía a insistir, que no le podía dar nada. La verdad es que nunca sé si dar limosnas. Cuando me piden siempre tengo dudas si dar o no, mas pasada la situación concluyo que lo mejor es no dar. Lo que pasa es que en la primera ocasión semejante las dudas siempre me vuelven a incomodar. En este día en particular yo tenía un pan en el bolsillo da la chamarra (chaqueta), que me habían dado porque, por coincidencia, era el día de Santo Antonio di Padova, un seguidor de la doctrina franciscana y el santo protector de los animales. Estaban distribuyendo pequeños panes bendecidos enfrente a una iglesia y lo tomé, un poco por superstición, un poco por precaución, en caso de que el hambre me apretase. Sin embargo, se me olvidó completamente de este trozo de pan en el bolsillo cuando el indigente dijo que tenía hambre y que pasaba por necesidades.